Who me?

Al habla María del Mar Illescas, 22 años, onubense de nacimiento y coruñesa/granadina/valenciana de adopción. Soy una recién licenciada en Traducción e Interpretación, además de devota del jazz, lectora empedernida, saxofonista, cinéfila y amante de los videojuegos. La traducción nunca entró en mis planes: a los 12 años tuve una especie de revelación – Carl Sagan tuvo mucho que ver – y decidí que iba a ser astrofísica. Lo tuve muy claro durante todos mis años de instituto, a pesar de las presiones de mi entorno para que claudicara y aceptara que la física no era lo mío o de mis mediocres notas en matemáticas.  Sin embargo, y dado que siempre me había gustado el inglés y no se me daba mal, empecé a tener en cuenta la posibilidad de cursar Traducción como plan B.

Al final, mi love story con la Facultad de Física acabó tan mal como la película y, un buen día, me levanté en mitad de una clase de Fundamentos y me fui para no volver más. Cambio de matrícula y a por Traducción. Desde aquel momento, no hay día que no me felicite por haber hecho lo correcto, aunque entonces no lo pareciera. Paradójicamente, elegir mal la carrera me salvó de lo que podía haber sido un desastre de proporciones épicas: el primer curso fue tan decepcionante que, si hubiera sido mi primera opción, lo habría dejado y me habría matriculado en Física…

Tengo que admitir que lo mío con esta profesión no fue amor a primera vista: 2º de carrera me pareció más interesante, pero aún no tenía espíritu o vocación de traductora ni me gustaba especialmente. De hecho, estuve a punto de cambiar el 2º ciclo de Traducción por el de Historia y Ciencias de la Música. Sin embargo, y como el roce hace el cariño, finalmente pasó lo que tenía que pasar y encontré mi sitio en el mundo.  Me entusiasma traducir y disfruto enormemente con todo el proceso, desde la documentación hasta la revisión.

El principal punto de inflexión como traductora me llega cuando, cursando el último año de la carrera en Valencia, empiezo a tener conciencia de lo que significa esta profesión y del mundo que nos espera fuera de la Universidad. Encuentro por casualidad “Algo más que traducir”, el blog de Pablo Muñoz, y saltando de enlace a enlace y de bitácora en bitácora, llego a conocer a un buen puñado de traductores profesionales (y algunos estudiantes) que comparten sus conocimientos y experiencias para intentar allanarnos un poco el camino a los recién llegados. No es ya solo que en parte sienta que esta “formación virtual” ha sido muchas veces más útil que algunas asignaturas de la carrera, sino que gracias a ella averigüé algo que jamás había imaginado: se puede vivir de los videojuegos. Toma descubrimiento. Sé que es una obviedad, pero hasta entonces había sido para mí una aspiración totalmente utópica, al mismo nivel que querer ser astronauta o futbolista. Era una de esas profesiones que no te habías planteado desde que tenías 8 años…

A partir de entonces, las dudas de fin de carrera (“¿y ahora, qué?”) se disiparon y trabajar en localización de videojuegos se convirtió en mi objetivo, hacia el que voy avanzando con pasos muy cortos, pero seguros.  Mi final feliz (aunque es un “continuará”) pasa por licenciarme en septiembre de 2011, mudarme a Eastbourne (Reino Unido) para intentar conseguir ese “algo” que noté que me faltaba en cuanto a inglés y… lo que venga. Séneca dijo que no hay viento favorable para el barco que no sabe adónde va. Por suerte, eso ya no es problema.

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