It was a very good year, parte I

 

Antes de que me abucheéis por inconstante, por inaugurar un blog y luego “dejarlo abandonado” un mes, por publicar una segunda entrada que tampoco es estrictamente traductoril y que encima el tema sea una reflexión sobre el año pasado siendo ya hoy 14 de enero (¡a buenas horas, Greensleeves!)… antes de todo eso, diré que, por una vez, tengo una buena excusa para no haberme sentado a escribir en todo este tiempo y para que el motivo de este nuevo post sea el que es y esté en la misma línea que los de Curri y Pablo. Y es que 2011 ha sido un año raro, único e increíble.

Justo después de la puesta en marcha de “El blues del traductor” (que, dicho sea de paso, no esperé que fuera a tener tan buena acogida: ¡gracias a todos!), empecé a escribir una entrada sobre traducción: quería hablar sobre la inamovilidad de ciertos títulos de obras traducidas al español y preguntarme y preguntaros la razón de que no se enmienden ciertos posibles errores de traducción y que estos se eternicen edición tras edición. La cuestión es que escribir algo decente y medianamente en condiciones sobre este tema requería una buena dosis de documentación. Y a ello me puse… hasta que, un par de días después de daros la bienvenida al blog, mi vida dio un vuelco. Puede sonar exagerado, pero es que no hay otra forma de llamarlo. Recibí un correo que cambió totalmente los (pocos) planes que tenía y que puso fin a la incertidumbre de qué iba a ser de mí a partir de enero.

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